Niña Velázquez

La chica del Prado

14 de julio de 2016.

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos” decía Ingrid Bergman en Casablanca. No sé si ella sintió esa chispa que yo sentí, quiero pensar que sí aunque los hechos dicen más que las miradas, pero al menos le hice pensar si el camino que ha escogido es el correcto. Yo sí que sentí esa conexión especial que tanto ansiamos encontrar en una persona. La química que nos provoca reacciones que nunca imaginaste que podrías tener, o que hacía años que no habías sentido.

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Casablanca

Era jueves, julio, Madrid y las 3 de la tarde a pleno sol en la inacabable cola del Museo del Prado. Ahí estaba yo. Muriéndome de calor a la vez que consumía los últimos buches de agua fría de mi botella. No había más, sólo sol sobre mi cabeza y gente a mi alrededor. Ese día había renunciado al color negro habitual de mi ropa y vestía mi camiseta blanca de The Velvet Underground and Nico con el plátano de Andy Wharhol. Adoro esa portada casi tanto como el grupo. Tenía delante mía a un turista alemán de unos 50 años, que había venido solo al museo, y delante de él a la chica del Prado. Después de un rato de sufrimiento al sol donde las manecillas del reloj se movían como si fueran décadas conseguimos avanzar en la cola hasta un lugar en el que el edificio hacía sombra. ¡Aleluya!, exclame. El señor alemán se puso a reírse por mi comentario y exclamó algo parecido que no entendí, mostrando así su alivio de estar en la sombra e incluso él medio sentado. Entonces empezó a hablarme. Llegados a este punto hago un inciso para aclarar dos cosas: la primera es que la chica del Prado ya había mantenido una breve conversación antes que yo con el señor alemán; y la segunda es que nunca llegué a saber el nombre del señor alemán, así que para no repetirme lo llamaré Señor Müller, como uno de mis futbolistas favoritos que también como él era bávaro. Volviendo a donde me había quedado. Empezamos a hablar porque me preguntó si me gustaba The Velvet Underground y si eran de mi época por así decirlo. Le contesté que no eran para nada de mi época pero que conocía el grupo y empecé a comentarle mis apreciaciones musicales del grupo, de mi intento fallido de ir a un concierto que tuvo que cancelar Lou Reed en España y de que al poco tiempo de eso se murió. Luego empezamos a hablar de dónde éramos, por lo visto el Señor Müller era de Baviera, cerca de la frontera con Austria. Le pregunté que si era de Passau, porque estuve allí y me contestó que era de un lugar entre Múnich y Passau, creo recordar que dijo Deggendorf o Essenbach, no terminé de pillarlo ya que todos los topónimos alemanes me suenas prácticamente igual.

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Mejor portada de la historia.

El caso es que la chica del Prado a estas alturas se empezó a interesar por la conversación y a participar en ella activamente. Después de eso hablamos de la dificultad de aprender alemán y de aprender español para extranjero, y de las deficiencias del sistema educativo. Luego empezamos a hablar de arte. Ahí la chica del Prado empezó a ganarme. El señor Müller nos preguntó sobre Goya, le interesaban los cuadros de Goya, especialmente el cuadro de los Fusilamientos del 3 de mayo. Conté una anécdota sobre ese cuadro y luego la chica del Prado empezó a contar una curiosidad sobre el Guernica de Picasso. A esto que el señor comentó lo rápido que había avanzado la cola desde que habíamos empezado a hablar y no sabéis cuánta razón tenía, estábamos ya en la taquilla. La chica del Prado pidió 2 entradas para el día siguiente para la exposición de El Bosco además de su entrada al museo con carné joven. Luego pedí yo mi entrada también con el carné joven y después compró la suya el señor Müller. Subiendo las escaleras del museo que llevan a la entrada la chica del Prado hizo algo totalmente inesperado tanto para mí como para nuestro bávaro amigo. De repente, ella le tendió el brazo al señor ofreciéndole una de las dos entradas para la exposición de El Bosco del día siguiente y le dijo: “Toma para ti, es gratis, a mí no me cuesta dinero y a usted sí, así que aquí tiene”. El señor Müller la cogió y se lo agradeció. Tras eso entramos al museo. El señor alemán dejó su mochila y su sombrero de paja en consigna y se despidió de nosotros, por lo visto le apetecía ver el museo de forma solitaria. Aquel fue el primer momento en que nos quedamos solos y a partir de ahí no hubo nadie más. Le dije: yo he venido solo a ver el museo y parece que tú también, ¿te apetece verlo juntos?. ¡Te iba a decir lo mismo!¡Empecemos por Goya! – dijo enérgicamente ella. Y a Goya fuimos. Le comenté que era una pena que nuestro amigo alemán nos hubiera abandonado y me respondió que habría estado bien que nos acompañara. Le dije que seguro que luego nos lo encontraríamos viendo los cuadros de Goya y joder, dicho y hecho, cuando estábamos dejando las últimas pinturas de Goya de lado nos lo cruzamos, nos saludó y esa fue la última vez que lo vimos. Por mi parte espero que le vaya bien allá donde esté.

Una vez ya viendo las obras de Goya, le conté todo lo que sabía sobre el pintor y su obra. La época oscura sobre todo, que me llama especialmente la atención. Ella me preguntó el porqué de las pinturas negras y ambos nos pusimos a conjurar nuestras propias teorías sobre la causa que lo llevaron a esta variación estilística casi al final de su vida. Además de arte nos conocíamos, nos hacíamos las típicas preguntas como la edad o qué estudiábamos y porqué; todas menos nuestros nombres, los cuales no nos dijimos hasta mucho más adelante. Cuando hubimos visto Duelo a Garrotazos, La romería de San Isidro… vimos Los fusilamientos del 3 de mayo y os juro que estuvimos como 5 minutos delante de ese cuadro analizando y comentando cada minúsculo detalle. Y fue maravilloso. Comentar un capítulo de una serie, o una canción o una película con alguien es una cosa, pero comentar cuadros con alguien es otro nivel.

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Los Fusilamientos – Goya

Cuando salimos de las salas de Goya, dijo que fuésemos a ver los cuadros de Velázquez. No sé porqué pero tenía una predilección única por Velázquez, amaba su arte por encima de cualquier otro. Bromee diciéndole que si tenía interés por los andaluces. Ella se rió y contestó que un poco. Fuimos a Velázquez. Allí le conté todo el rollo que me sabía de Velázquez, especialmente todo lo que sabía sobre el cuadro de “Las Meninas”. Le comenté que hacía poco había empezado a colaborar en un blog de arte y ella me dijo que escribiera sobre este cuadro. Y así lo hice. En realidad me pasé un buen rato comentándole el cuadro. Disfruté muchísimo comentándolo. Después de ver toda la sección pasamos a la de Zurbarán. Ella no paraba de decir que porqué nadie habla nunca de Zurbarán, si es buenísimo. Doy fe de ello, Zurbarán está infravalorado y es el putísimo amo aunque rara vez se le tenga en cuenta. Es el George Harrison de la pintura.

Una vez que nos habíamos recorrido prácticamente todo el museo decidimos irnos de allí, pero no nos separamos, me dijo de ir a tomar algo y obviamente acepté encantado. Entonces paseamos por el barrio de las letras de Madrid, nos pateamos todo el centro e incluso me llevó de compras; las compras más rápidas de la historia, eligió unos zapatos y una camiseta, se los probó y los pagó en un minuto exactamente. El sueño de todo tío. A partir del momento en que salimos del museo la conversación derivó a otros temas menos artísticos y más personales. Sabía que era de Venezuela, que estudiaba psicología y que llevaba poco más de dos años en Madrid pero no su nombre, sin saber si quería saberlo por no quitarle parte de la magia al momento le pregunté por su nombre. Aún me pregunto si me arrepiento o no de ello. Seguimos paseando por el centro, me mostró la chocolatería Santa Inés o algo así y el restaurante Casa Botín o algo así también, que son de los más antiguos de la ciudad, el segundo caro carísimo. Al final acabamos yendo a un mexicano. Hasta este momento ya me tenía encandilado por su intelecto, belleza y cultura, pero sobre todo por su particular acento interoceánico, mezcla de la modernidad del español de la península y su clase y formalidad del español de latinoamérica. Hasta ahí todo iba bien. De pronto como un tsunami se me vino encima el mundo cuando dijo que tenía una relación desde hacía mucho. Ahí empezó a hablarme de su relación, su pareja y que no sabía si dejarle. Por lo que me dijo de él no termino de etiquetarlo entre si es un tío interesante o un tarugo. Como vi en su rostro un halo de incomodidad al decirme que tenía pareja y el hecho de estar pensándose el futuro de su relación me dio esperanzas a que ocurriera algo, que no ocurrió. Pensándolo más detenidamente, es horrible pensar que tu oportunidad con alguien pase por que dejé a la persona con la que está. Ella buscaba alguien que la llevara a museos y yo alguien con quien ir a los museos. El puzzle casi llegaba a encajar. Seguimos caminando por el centro, fuimos a Sol e incluso nos sacamos una foto con el Oso y el Madroño, pero ella había quedado con sus amigas y tocaba la sinfonía de los adioses, me dijo de si quería salir con ella y la gente que había quedado; seguramente me habría encantado pero me quedaba en casa de una amiga que madrugaba y el quedarme en su casa ya era un lío, no quería causarle más problemas, así que le dije que no podía. Aún así, el día 3 de agosto volvía del interrail y estaría en la capital, podríamos quedar, le apunté mi número en su teléfono y me dijo que me hablaría y que mantendríamos el contacto. Estoy escribiendo estás últimas frases a fecha de 5 de agosto, la busqué en las redes sociales sin éxito y el día 3 volví al Museo del Prado otra vez, pero no la he encontrado. Han pasado unas tres semanas y no me ha hablado ni creo que lo vaya a hacer. He perdido totalmente el contacto. Ojalá algún día la encuentre y tenga una oportunidad. Hasta entonces me quedo con su recuerdo y espero que le vaya bien allá donde esté a la Chica del Prado.

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