La chica de mis sueños

Hoy he visto a la chica de mis sueños, que no la chica perfecta, pero casi, sino la chica con la que sueñas que mañana tendrás sueño de pasar la noche con ella, con la que sueñas tener algún día a tu lado durante el resto de tu vida, con la que sientes que tus sueños están más al alcance de tu mano que nunca antes,  con la que estar con ella sería un sueño hecho realidad y sin embargo sabes que nunca cumplirás ese sueño. O en otras palabras, la chica de mis sueños es mi amor platónico. La chica a la que escribo poemas y cartas. Mi musa. De repente me habló. De improviso. “Hey, estoy en la ciudad. No tengo mucho tiempo, pero el suficiente para verte”. Quedamos a las 12 en las Torres de Serranos. Pensé que llegaría tarde pero llegué bien. Ella se hizo de rogar, mea culpa por decir que llegaría tarde. Miraba pasar los coches en la calle mientras pasaban los minutos. Escuchaba música en mis oídos. Una canción, otra, otra más. De repente ahí estaba. Al otro lado de la calle, esperando al semáforo. Tan guapa como siempre, más guapa que nunca. En mis oídos Bloodstream de Ed Sheeran y en el resto de mi cuerpo reacciones fisiológicas más propias de lo que dice la canción. Cruzó la calle, se plantó delante de mí. “Hola, ¿qué tal?, estás muy guapa”. Después de esto vino un “gracias” y un montón de historias que contarnos que teníamos pendientes. Recorríamos las calles contándonos nuestras vidas, debatiendo diversos temas, poniéndonos al día cual Jesse y Celine en Before Sunset (Antes del Atardecer) salvo que en lugar de nueve sólo había pasado un año desde la última vez que nuestros caminos se cruzaron. Fue como si todo fuera distinto pero a la vez todo siguiera siendo igual. La esencia, nuestra esencia seguía estando presente. Tomamos un helado en el río. Ella me hablaba de García Márquez y Cortázar, yo de Hemingway y Scott Fitzgerald. También me hablaba del romanticismo y me descubrió Brahms, como ya antes me hizo descubrir Chopin y ahora no podría ni escribir esto sin su música. Me habló del piano y yo de la guitarra. Me habló de tantas cosas y cada vez que me hablaba de algo me descubría un mundo. Se agotó el tiempo. La acompañé. No podía permitirme dejarla marchar tan pronto, aunque lo que ganara fueran quince míseros minutos. Un abrazo me pareció poco, dos besos me supieron a poco. Otro abrazo. Nos despedimos. No quería verla marchar, otra vez. Como cuando la última vez la despedí justo antes de marcharse el tren. Ahora mismo pienso en el momento y me suena en mi cabeza el tercer movimiento de la Sinfonía Op. 90 No. 3 en Fa Mayor de Brahms. Nuestros caminos se separaron. Ahora sueño con que nuestros caminos se vuelvan a encontrar. Y cómo no, con ella.

P.D. por si os interesa escuchar la pieza de Brahms: musiquita en los oídos.

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